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COL·LECCIÓN: Tahona de letras |
Fragmentos |
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1 EL ENSAYO Luis Salvatierra leía un grueso tomo encuadernado en piel sintética verde, que tenía delante de él en la mesa de su despacho de la Facultad de Física. Con un lápiz hacía de vez en cuando una señal al margen de las páginas y también tomaba algunas notas en un papel blanco que tenía al lado. Le habían nombrado unos meses antes para formar parte de un tribunal de tesis doctoral en una universidad de Barcelona, pero había recibido el ejemplar de la tesis con mucho retraso. Se lo habían enviado en un sobre con la dirección incompleta por lo que en vez de llegar directamente a su Departamento de Física de las Nuevas Tecnologías de la Universidad de Madrid había dado vueltas durante unos días por otras universidades de Madrid antes de que se lo entregaran. Ahora tenía sólo dos días de plazo para hacer un informe y enviarlo por fax a Barcelona. Desgraciadamente, el doctorando no era un maestro de la escritura y, aunque el trabajo de laboratorio que había realizado era muy bueno, la manera de describirlo era un desastre. No era nada fácil leer esa tesis y probablemente el director del trabajo no era ajeno al desaguisado. Salvatierra empujó el tomo al centro de la mesa con idea de tomarse un descanso en la aburrida lectura. Como catedrático, le nombraban a veces para tribunales de tesis doctorales en otras universidades lo que solía ser una agradable oportunidad para intercambiar opiniones con compañeros a los que rara vez veía y para conocer con detalle las actividades de distintos grupos de investigación. Pero a veces, como en este caso, la tesis implicaba un trabajo poco apetecible. “A ver si luego logro acabar esto” pensó Salvatierra mirando con cierta hostilidad el tomo verde. El descanso duró apenas unos segundos ya que después de una casi inaudible llamada se abrió la puerta y apareció Maite, la secretaria del departamento. —Parece que le esperan en el seminario —dijo—. Ha avisado Raquel, que ya están allí y que tienen todo listo. —Gracias, Maite. Se me había olvidado completamente esa reunión. Salvatierra tenía una reunión en la sala de seminarios del departamento con varios de sus colaboradores para preparar la presentación de un trabajo de investigación que pensaban exponer en un congreso científico en Rusia, dos meses más tarde. El congreso, denominado MAPEP, trataba con las aplicaciones físicas en el campo de la energía y las siglas MAPEP correspondían a la denominación del congreso en inglés: Methods of Applied Physics in Energy Problems. A pesar de que era la cuarta vez que se celebraba ese congreso, Salvatierra nunca había asistido a las reuniones anteriores ya que éstas tenían un enfoque bastante técnico y aplicado en el que sus investigaciones, algo más básicas, no encajaban completamente. Sin embargo, algunos resultados obtenidos en los últimos meses por sus colaboradores le habían parecido que podían ser interesantes por sus posibles aplicaciones prácticas y se había animado a participar en el MAPEP. Quería preparar la presentación lo mejor posible porque los resultados eran bastante novedosos y sin duda tendría que contestar a preguntas de los participantes en el congreso y se suscitaría alguna discusión. Ahora había quedado con tres de sus colaboradores en el seminario del Departamento para comentar, una vez más, algunos aspectos del trabajo y ver cómo quedaba la proyección, desde el ordenador, de los esquemas que habían preparado con el programa de Power Point. En la pequeña sala de seminarios del departamento, que tenía capacidad para veinte o veinticinco personas, las mesas, dispuestas en varias filas, estaban orientadas hacia la pared en la que había una pizarra y una pantalla de proyección. En un soporte colgado del techo estaba situado el proyector. Sentadas en una mesa de la primera fila, con las piernas colgando, conversaban dos chicas jóvenes. De pie, un hombre en la treintena, vestido con una chaqueta de pana y pantalones vaqueros negros, manipulaba un ordenador portátil que estaba encima de otra mesa. —Hola —dijo Salvatierra—. Perdonad el retraso, estaba con la tesis de Ramírez, el de Barcelona, y no me he dado cuenta de la hora. —¿Era muy interesante? —preguntó el hombre de la chaqueta de pana. —Sabes de sobra que no, Enrique —contestó Salvatierra—. Tú estás de suplente en el tribunal de la tesis y has recibido otro ejemplar. —No me he atrevido a abrirlo al ver el tamaño del libro. —Ese Ramírez que decís… ¿Es uno rubio con el pelo largo? —preguntó una de las chicas. —No sé, no le conozco personalmente —dijo Salvatierra. —Es que en el curso de verano de Sitges me tocó comer en la misma mesa todos los días con un Ramírez muy simpático... —Vale, Lucía —interrumpió Enrique, en tono de broma—, otro día nos cuentas tus ligues. Ahora que ya está Luis podemos empezar. —Sí —dijo Salvatierra—, vamos a ver cómo ha quedado lo que habéis preparado. Dijimos el otro día que necesitamos cuatro o cinco figuras más. La presentación dura veinte minutos y quiero también llevar algunos gráficos por si hace falta utilizarlos en la discusión. —Parece que quieres ir preparado para cualquier contingencia —dijo Enrique—. ¿Tú crees que hace falta tanto? —Yo lo prefiero —contestó Salvatierra—. Nunca hemos presentado nada en el MAPEP y tampoco somos muy conocidos entre la gente que suele asistir a ese congreso. En esos casos a veces te miran de manera un poco más crítica. Bueno... vamos a empezar. Raquel, ¿tú has preparado lo que quedaba pendiente? —dijo Salvatierra dirigiéndose a la otra chica. —Sí, una parte —dijo Raquel—. He hecho un esquema nuevo del equipo experimental, para que se vea más claro lo que dijiste el otro día, lo del campo eléctrico, que decías que no se entendía bien. —Sí, era un poco lioso. —Y Lucía —continuó Raquel, señalando a su compañera— ha hecho de nuevo las curvas con los resultados de la estabilidad frente a la radiación, para concretar mejor cómo es el efecto de la frecuencia. —Muy bien —dijo Salvatierra—. Adelante, vamos a ver qué tal queda todo. Se sentaron en la primera fila frente a la pantalla y Raquel, una morena bajita con pelo largo y vestida con jersey de cuello vuelto y pantalón vaquero, empezó a proyectar imágenes mientras iba dando explicaciones. Los demás interrumpían de vez en cuando para que les aclarara algún detalle. Luego, Lucía continuó y al cabo de unos minutos apagaron el ordenador y comentaron un rato la presentación. —Creo que ha quedado muy bien —dijo Salvatierra al terminar—. Pasadme todo esto a mi ordenador. Voy a organizar toda la charla para calcular los veinte minutos de presentación y dentro de unos días nos reunimos para hacer un ensayo final. Raquel, tú habías pedido una beca a la organización del MAPEP, de esas que ofrecen para investigadores jóvenes... —Sí, pero no me han contestado nada todavía. No tengo muchas esperanzas, ya sabes que a los rusos no les sobra el dinero. —Es verdad, pero me parece que el MAPEP tiene el apoyo de varias compañías del campo de la energía. A lo mejor hay suerte y te pagan todo o casi todo. —Estaría muy bien. Nunca he estado en un congreso internacional. —Escríbeles y pregunta qué hay de tu solicitud. Necesitas saberlo con tiempo para preparar el viaje, comprar el billete y todo eso. —Sí, pero en realidad todavía no nos han confirmado que nuestro trabajo está aceptado. —Lo aceptarán seguro —dijo Salvatierra—. Creo que tenían que contestar la semana pasada, pero, como pasa siempre, los organizadores llevan algo de retraso. Recuerda que el resumen del trabajo que pedían era muy corto, sólo una página, y hemos escrito ahí información más que suficiente para que vean que es interesante en el contexto del MAPEP. —Sí. Algo de retraso —dijo Raquel—. Más bien me parece algo desastroso. Deberían contestar ya y mandarnos el programa y todo eso. —Y hay que tener en cuenta los billetes —añadió Enrique—. Cuanto antes se compren, se encuentran mejores ofertas. Yo el año pasado fui a San Petersburgo, al congreso sobre efectos multifotónicos, por menos de trescientos euros. —¿Vas a ir tú también al MAPEP? —preguntó Raquel. —No. Luis se está empeñando en que vaya porque el MAPEP parece interesante, y es verdad, pero no me decido. Yo casi me congelo en San Petersburgo y he prometido no volver a Rusia hasta que no hagan un congreso en agosto. —Tú te lo pierdes —dijo Salvatierra—. Yo ya te he dicho que abril, en Moscú, es muy agradable. —No para mí —contestó Enrique—. Además no es en Moscú, sino en no sé qué sitio en los alrededores. Yo sólo pienso ir a sitios con clima para gente normal, todavía echo algunas veces de menos California. Enrique se había incorporado al departamento hacía poco más de un año. Había estudiado la carrera en Madrid, pero luego había hecho su tesis doctoral en una universidad de Estados Unidos. Después de varios años de profesor asistente en América había aprovechado un programa del Ministerio, destinado a recuperar científicos españoles en el extranjero, para volver a España. Salvatierra le había aceptado en su grupo porque la experiencia que tenía era muy útil para la investigación que hacían allí. Sin embargo, al cabo de un año, Salvatierra no tenía tan claro que el fichaje de Enrique hubiera sido una buena idea. Ni en su currículum vitae ni en las conversaciones que habían tenido entonces, se había podido adivinar una característica que cada vez estaba hartando más a todos, y que algunos resumían diciendo que “Enrique va de Premio Nobel por la vida”. Sin llegar a tanto, Salvatierra consideraba que, en efecto, Enrique era un sabelotodo que pensaba que su estancia en California le permitía pontificar sobre cualquier tema y mirar a los demás desde arriba. Esa actitud estaba completamente injustificada ya que los tiempos en que cualquier científico que hubiera estado en el extranjero, especialmente Estados Unidos o la Europa más desarrollada, tenía más aportaciones científicas que los que se quedaban en España, estaban más que superados. A veces, incluso era al contrario, cosa que las autoridades a veces parecían ignorar. Para colmo, Enrique no sólo sabía más que nadie, sino que sus menciones a las bondades de California eran constantes. En todo el departamento, Raquel era la que menos paciencia tenía con el carácter de Enrique, mientras que los demás procuraban no hacerle caso. —¡Joder con California! —exclamó Raquel ante el último comentario de Enrique. —Sí, no es en Moscú, sino a treinta o cuarenta kilómetros —contestó Salvatierra rápidamente, ignorando la salida de Raquel—, en un pueblo en el que hay un centro de investigación y una residencia en donde suelen celebrar congresos. Creo que es muy bonito, un sitio turístico, con un monasterio antiguo. —Yo sí me apunto —dijo Raquel muy animada—. Ahora mismo mando un e-mail para preguntar por mi beca. —Bueno —dijo Salvatierra—, de momento no tenemos que hacer nada más. Ahora me tengo que ir a clase. —Por cierto, ¿vas a necesitar que te dé las clases mientras estás en Rusia? —preguntó Lucía. —No hace falta, gracias. Paco se ocupa de las clases. Tiene interés en practicar para cuando tenga que opositar. Salvatierra pasó por su despacho a recoger la carpeta con sus apuntes y algunas transparencias para ir a su clase. Ese día le tocaba la asignatura que daba a los alumnos del último curso y en la que por tratarse de una materia algo especializada no tenía demasiados alumnos, unos treinta. El año anterior esa asignatura había sido muy especial para él, debido a una de las alumnas, Cristina Mata. Con frecuencia, al acabar la clase, Cristina tenía alguna pregunta que expresaba normalmente de manera algo complicada y Salvatierra necesitaba unos minutos para aclararle las dudas. Era una chica casi siempre sonriente y que a Salvatierra le había caído bien. Después de un encuentro casual fuera de la facultad, habían comenzado una relación estrecha durante la cual, y nada más comenzada, se habían visto envueltos, de manera involuntaria, en una serie de episodios con situaciones de peligro. Las experiencias compartidas durante esas semanas habían contribuido a fortalecer su relación, pero cuando todo volvió a la normalidad, Salvatierra le había propuesto una temporada de reflexión. Al fin y al cabo, con sus cuarenta y dos años, le sacaba dieciocho a Cristina. Habían decidido que Cristina se iría durante todo el curso a los Estados Unidos a trabajar en una universidad. Salvatierra le había conseguido una beca para investigar en el grupo de un conocido suyo, Roy Williams, profesor de la Universidad Estatal de Ocala, en Florida. De todas maneras, el alejamiento no parecía haber enfriado las cosas, sino todo lo contrario, como Salvatierra pudo comprobar cuando Cristina volvió a España a pasar las vacaciones de Navidad dos meses antes. —Todo esto es una idiotez —le había dicho Cristina, cuando Salvatierra ponía en marcha el coche con el que la había recogido en el aeropuerto—. No te vuelvo a hacer caso en nada. ¿Qué hago yo en Florida, si lo que quiero es que estemos juntos en Madrid? Además, me parece que no me voy a dedicar a la investigación, me interesa más un trabajo en una empresa. —Ya lo hemos hablado más que de sobra. Habíamos dicho que sería bueno pensar un poco sobre lo que nos conviene. Sobre todo tú, que todavía eres un poco cría —bromeaba Salvatierra. —Cuando te parece bien soy una cría. Espérate que lleguemos a tu casa a ver qué opinas —dijo Cristina recostándose sobre su hombro. Durante esas vacaciones, Cristina había ido unos días a León con sus padres y luego estuvo en Madrid con Salvatierra. Habían vuelto a hablar del futuro, que cada vez veían más probable que fuera en común. —En Semana Santa vuelvo y no cuentes con mandarme otra vez con los mosquitos de Florida —le había dicho Cristina al despedirse en el aeropuerto el día de su vuelta. Ahora, cuando se dirigía a clase, echaba de menos a Cristina, que el curso anterior, cuando todavía era sólo una alumna más, ocupaba siempre un sitio determinado en la primera fila. El sitio no tenía este año ocupante fijo, aunque con frecuencia se sentaba en él una chica que no paraba de escribir apuntes durante toda la clase. Le parecía más joven que Cristina, aunque probablemente sólo hubiera un año de diferencia. Salvatierra, al verla, empezaba a pensar como Tomás, un profesor de la facultad, siempre bastante preocupado por la edad, que decía: —Lo peor es el primer día de clase. Te das cuenta cómo pasa el tiempo. Ellos —se refería a los alumnos— tienen siempre la misma edad que el año anterior y nosotros siempre somos un año más viejos. Salvatierra dio la clase con pocas ganas, pensando, sin querer, más en Florida que en el tema que tenía que explicar, lo que se tradujo en las caras de aburrimiento de los alumnos. Al terminar, se dirigió al departamento sin que nadie le hiciera ninguna pregunta al terminar la lección. Cruzó la puerta señalada con los rótulos de “Departamento de Física de las Nuevas Tecnologías”, “Secretaría”, “Director de Departamento” que daba entrada a un pequeño vestíbulo con acceso a su despacho y al de Maite, la secretaria. Cuando iba a abrir su puerta se asomó Maite desde la secretaría con unos papeles en la mano. —Perdone. Tengo dos recados para usted. —Espero que no sea una convocatoria para alguna reunión. —No. Han llamado de Viajes Gardenia. Ya han encontrado un vuelo para Moscú en las fechas y con la compañía que usted quería por 470 euros. Quieren saber si lo reservan ya. Me ha dicho Jose, el de la agencia, que ha encontrado otro por 325 euros que a lo mejor le interesa. —¿Le ha dicho con qué compañía es eso? —Lo tengo aquí apuntado —Maite miró en uno de sus papeles—. Sí, aquí está. Se llama Artik Airlines. —No la he oído nunca. Dígale que me reserve el billete de 470 euros. —Me ha dicho que, una vez reservado, no se puede cambiar y no devuelven el dinero. El dinero para la asistencia a los congresos procedía de los proyectos de investigación y siempre procuraban administrarlo lo mejor posible, pero en el capítulo de viajes preferían volar con líneas aéreas conocidas. —También han llamado del Rectorado, de la sección de Protección Medioambiental. Parece que no les ha contestado a una encuesta sobre posibles campos electromagnéticos intensos en el Departamento. —No tenemos campos electromagnéticos intensos. —Quieren que se lo diga oficialmente. —Muy bien. Usted debe tener el impreso para la encuesta o algo así. Búsquelo y lo vemos luego. Una vez en su despacho Salvatierra continuó trabajando un rato con la tesis de Barcelona y luego pensó que ya tenía la suficiente información para escribir el informe sobre la calidad del trabajo. Orientó su sillón frente al ordenador y apenas había empezado a rellenar el impreso que tenía en la página web de la universidad, cuando llamaron a la puerta y sin darle tiempo para contestar entró Raquel con un papel en la mano. —Oye, Luis, no entiendo nada —dijo Raquel. —¿Qué te pasa? —He puesto un mail a los del congreso esta mañana, nada más acabar la reunión que hemos tenido, para preguntarles por la beca de asistencia que les he pedido y... ¡mira lo que me contestan! —dijo Raquel agitando el papel que traía. —Vale, tranquila... ¿Qué te dicen? —Que no pueden considerar mi solicitud de beca porque no figuro como autora de ningún trabajo presentado al congreso. —¿Cómo que no? Les hemos mandado el trabajo a tiempo y, además, nos han enviado un mail diciendo que lo habían recibido. —Mira. Una tal Galina no sé cuántos... —Sí. Galina Kurchatova, del comité organizador. —Salvatierra leyó rápidamente el papel de Raquel—. No te preocupes, se habrán equivocado. Escríbeles otra vez y aclara las cosas. —Es que faltan menos de dos meses... y todavía tengo que comprar el billete, pedir el visado... —Si quieres resolverlo ya, puedes decirle a Maite que te pida un billete para el mismo vuelo en el que voy yo. No te preocupes, al congreso vas a ir en cualquier caso. Raquel se marchó más tranquila y Salvatierra, después de terminar e imprimir su informe, salió de nuevo de su despacho. —Maite, este informe es para mandar a Barcelona. Voy a salir y ya no vuelvo hoy; estaré en el Instituto de Tecnología de Baja Dimensionalidad, donde el doctor Casares. —Muy bien. Si hay algo urgente le llamaré allí. Hasta mañana. Salvatierra tenía que asistir a una reunión de la Junta Directiva de una sociedad científica de ámbito nacional a la que pertenecía como vocal. Antonio Casares, el director del instituto de Tecnología de Baja Dimensionalidad, era el presidente de la sociedad y les había citado para una comida de trabajo en el propio instituto. Casares era un científico muy activo y conocido internacionalmente que había conseguido inversiones importantes para remodelar su centro, construido casi cuarenta años antes, y dotarlo de equipamiento moderno. Todas las instalaciones tenían ahora el aspecto de un instituto de investigación de primera fila, recién terminado, sin ningún parecido con los siniestros laboratorios y vetustos despachos de unos años antes. En la recepción le indicaron dónde estaba la Sala de Reuniones y cuando Salvatierra entró ya había otras cuatro personas charlando de pie. Casares había tenido la acertada idea de no modernizar también la gran Sala de Reuniones, que mantenía todo su estilo de la época anterior, pero bien conservado. Atravesar la puerta de la sala era como cruzar el túnel del tiempo. El suelo de madera oscura y reluciente, con aspecto de ser de caoba, estaba en buena parte cubierto con una alfombra gruesa, probablemente de la Real Fábrica de Tapices. La mesa de unos diez metros de largo y los sillones de cuero podrían hacer buen papel en una reunión del consejo de ministros. Un par de cómodas con relojes antiguos completaban el ambiente. Salvatierra pensó en lo absurdo de construir y amueblar esa sala en una época en que había faltado lo más indispensable para la investigación. Casares le tendió la mano al verle entrar. —Hola, Luis. Ya casi estamos todos. Sólo falta Aurora que llamó para decirme que su avión de Sevilla tenía algo de retraso. Casares era más o menos de la edad de Salvatierra, delgado, más bien bajo, y de movimientos rápidos y nerviosos. Tenía unas entradas muy pronunciadas y usaba unas chaquetas que parecían un par de tallas mayor de lo necesario. Como rara vez se estaba quieto daba a veces la impresión de que aleteaba con la chaqueta desabrochada, que se agitaba con todos sus movimientos. Su actividad incansable le había llevado a participar en incontables proyectos internacionales y tenía amigos en todo el mundo: En definitiva, estaba en todas las salsas cuando se trataba de algo de su tema de investigación. —Mira —le dijo Casares cogiéndole de un brazo mientras le arrastraba hacia donde estaban los demás—, hemos pensado que podemos empezar discutiendo cómo difundimos y hacemos atractiva nuestra sociedad entre los investigadores jóvenes. Yo tengo varias ideas... Una de las consecuencias de las numerosas relaciones internacionales que se desarrollaban cada vez más entre los científicos era que disminuía el interés por las reuniones a nivel nacional. Los responsables de algunas sociedades científicas nacionales tenían que hacer esfuerzos para mantener el interés de sus congresos y sus actividades cuando casi todo el mundo prefería participar en reuniones internacionales. Se sentaron en un extremo de la gran mesa para escuchar y discutir las propuestas de Casares. Al poco rato entró un camarero que se dirigió a Casares. —Don Antonio, cuando le parezca servimos la comida. —Cuando quieras, Gerardo. Falta una persona, pero llegará enseguida. Somos seis. En un momento, dos camareros prepararon la mesa con manteles individuales y casi enseguida se abrió la puerta y entró una mujer de unos cuarenta años, con melena rubia y vestida con un traje claro de chaqueta y pantalón. —Hola a todos —dijo con voz fuerte y ronca. —Aurora, llegas justo a tiempo, íbamos a empezar a comer —dijo Casares. —Espero que no hayáis decidido nada todavía —contestó Aurora mientras se daba pares de besos en la mejilla con los cinco hombres. —Luis, no cambias nada —le dijo a Salvatierra—, incluso pareces más joven. —Tú sí cambias, siempre a mejor, aunque parezca imposible. —Antonio —dijo Aurora—, ¿por qué nos has metido a este pelota en la junta de la sociedad? Salvatierra y Aurora habían sido compañeros de curso durante la carrera y, aunque Aurora había sido la mujer más popular de la clase, en la que predominaban los hombres, Salvatierra había sido uno de sus preferidos. Al acabar la carrera, Aurora se había casado, según lo previsto, con su novio, un abogado sevillano que tenía una explotación agraria en la provincia, y luego había conseguido una plaza de profesora en la universidad. Se sentaron a comer y quedó claro enseguida que, estando Casares por medio, se trataba efectivamente de una comida de trabajo. Estuvieron discutiendo las propuestas que cada uno traía para dar empuje a la sociedad y sólo después del café, casi a las cuatro de la tarde, se relajaron un poco y empezaron a charlar de manera más distendida sobre algunos acontecimientos de actualidad. —¿Vais a ir a Rusia en abril? —dijo Aurora cambiando de tema y mirando a Salvatierra. —Si te refieres al MAPEP, yo sí voy a ir —dijo Salvatierra. —¡Qué suerte! Yo estaba inscrita y he tenido que anular el viaje por problemas de organización familiar... ¿Vosotros también vais? Los otros dijeron que no pensaban ir, excepto Casares. —¡Qué remedio! Claro que voy a ir, soy el copresidente del congreso, junto con Yuri Zaitsev —dijo Casares. —De todas maneras no es en Moscú —dijo Salvatierra dirigiéndose a Aurora—, es en Vorosova Gora, a cuarenta kilómetros, así que no te pierdes gran cosa. —Eso ya lo sé, pero... de todas maneras... podría haberme escapado a Moscú.. —Oye, Luis —dijo Casares—, no sabía que ibas al MAPEP. ¿Tú has mandado algún trabajo? —Sí. Hace tiempo. Nada más abrirse el plazo —contestó Salvatierra. —Es que no lo entiendo. La semana pasada tuvimos una reunión del comité organizador del congreso para ver los trabajos enviados, organizarlos en sesiones y todo eso... ya sabes. Y el tuyo no estaba. —¿Habéis ido a Rusia sólo para eso? ¿Para hacer el programa? —preguntó Aurora. —No —explicó Casares—, en realidad nos hemos reunido en Stuttgart, en Alemania. Ya sabéis que hay algunas empresas que colaboran con el congreso, ayudan a financiarlo y, a cambio, ponen su stand para promocionar sus productos. Una de las más interesadas es Neudorf Industrie, y ha tenido el detalle de hacer de anfitrión para la reunión del comité en Stuttgart. Nos invitó al hotel, por cierto un hotel de primera, y tuvimos la reunión en la propia empresa. La verdad es que nos trataron de maravilla. —¿Y dices que no viste mi trabajo? —dijo Salvatierra. —Eso es. Y si lo hubiera visto me acordaría. Recuerdo perfectamente que estaba el trabajo de Aurora y su carta en la que lo retiraba por no poder asistir. Por cierto, Aurora, te habíamos puesto en el programa para una presentación oral. Eso era, en cierta medida, una distinción para Aurora. Normalmente, en un congreso hay demasiados trabajos para poderlos presentar en el tiempo disponible, de manera que sólo una parte de ellos se pueden exponer de manera oral, en unos quince o veinte minutos cada uno, y el resto se distribuye en sesiones de paneles, que todo el mundo llama pósters. Para las sesiones orales, con frecuencia se escogen los trabajos que pueden ser de temas más atractivos para los asistentes o aquellos en que se sabe que el autor hace buenas presentaciones. —¡Qué gran honor, Antonio! De todas maneras como no voy a ir, os habéis librado de mi inglés sevillano. Lo de la presentación oral es un buen detalle, pero en realidad yo me divierto más en las sesiones de pósters. Es más entretenido contar tu trabajo y discutir con calma con todos los que pasan a ver tu póster. —Ya no tiene remedio, Aurora. Lo de tu trabajo, Luis —añadió Casares mirando a Salvatierra—, no lo entiendo. Luego voy a llamar a Zaitsev y trataré de aclarar que ha pasado. Este tío es muy lanzado y a veces le vienen las cosas un poco grandes. Después de la pequeña pausa siguieron trabajando un rato en los temas pendientes de la sociedad y a las seis de la tarde terminaron y fueron saliendo del Instituto. |
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