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COL·LECCIÓN: Tahona de letras |
Fragmentos |
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1 La Comisión Luis Salvatierra llegó a su despacho de la Facultad poco antes de las nueve de la mañana. Como siempre que había estado unos días ausente, en este caso para asistir a un congreso en Inglaterra, el correo acumulado formaba un pequeño montón encima de la mesa. Maite, la secretaria del departamento, se ocupaba de ponerlo allí en vez de dejarlo en el casillero que había en la sala de la Secretaría, donde algún que otro profesor se interesaba por la correspondencia de los demás. La apertura de los sobres a la vuelta de un viaje era una manera suave de aterrizar en las actividades diarias que, en general, no le desagradaba. Claro que eso dependía del contenido de los sobres, aunque éste solía ser bastante inofensivo. Después de sentarse, puso la papelera bien cerca del sillón para facilitar el despacho de la mayor parte del correo. Una convocatoria para asistir a la reunión de la Comisión de reforma de los planes de estudio, que se había celebrado el día anterior, fue el primer escrito despachado de esa manera. La convocatoria se había realizado sólo con un par de días de antelación, por lo que no pudo pedirle a ningún otro profesor del departamento que le sustituyera. En realidad no se habían perdido nada, ni los intereses de su departamento estarían afectados por dicha reunión, cualquiera que hubiese sido el resultado de la misma. A continuación una editorial británica, que aparentemente no era muy eficiente en la confección de su base de datos, le anunciaba el último tomo de una serie de tratados sobre el asma que sin duda eran de primera fila, pero que tenían poca cabida en la biblioteca de la Facultad de Física a la que pertenecía Salvatierra. Abrió también un sobre que contenía un anuncio de un congreso sobre nuevas aplicaciones de los láseres el año próximo en California, que prefirió guardar por si acaso tenía la oportunidad de asistir. Una revista de difusión gratuita sobre equipamiento científico, una carta de la India en la que un científico joven se interesaba por la posibilidad de realizar una estancia postdoctoral en su laboratorio y una circular del Rectorado con las nuevas normas para tramitar las facturas pasaron al rincón de su mesa correspondiente a los temas pendientes. El último sobre tenía en su esquina superior el escudo de la Universidad Pública Miguel de Cervantes, de Madrid. Esta universidad, fundada dos años antes, estaba bastante de moda entre la clase política. Salvatierra no conocía a nadie en la Miguel de Cervantes por lo que miró con cierta curiosidad el sobre antes de abrirlo. Era un sobre blanco, apaisado que claramente contenía una carta y no algún tipo de impreso o memoria anual de la universidad. El contenido era una única hoja, un oficio firmado por el rector de la Universidad Pública Miguel de Cervantes: [...] "A los efectos oportunos le comunico que con fecha 3 de enero aparece en el Boletín Oficial del Estado la resolución del 20 de diciembre de esta Universidad Pública Miguel de Cervantes por la que se publican Comisiones juzgadoras de concursos de profesorado universitario. Figura Vd. en dicha resolución como Vocal Titular de la Comisión del concurso para provisión de una plaza de Catedrático de Universidad del área de Física de las Nuevas Tecnologías. La Comisión está formada por los siguientes Catedráticos de Universidad: Presidente: D. Juan Antonio Rodríguez Cañamero Universidad Pública Miguel de Cervantes Secretario: D.ª Rosalía Sanmartín Vázquez Universidad Pública Miguel de Cervantes Vocal: D. Manuel Escobedo de la Quintana Universidad Politécnica de Castilla Vocal: D. Luis Salvatierra Ramírez Universidad de Madrid Vocal: D.ª Nuria Planas Vila Universidad Científica de Cataluña" [...] Al terminar de leer, Salvatierra soltó una expresión de contrariedad: �¡Joder! Evidentemente le había tocado formar parte de esa Comisión como resultado del sorteo que se celebraba entre los especialistas del área correspondiente cada vez que había una oposición a cátedra. Según la ley, tres de los cinco miembros de la Comisión, los vocales, se elegían por sorteo y los otros dos, el presidente y el secretario, los designaba directamente la universidad a la que correspondía la plaza. La exclamación de disgusto de Luis se debía a que la participación en un tribunal suponía emplear varios días en escuchar las exposiciones, deliberar con los compañeros, redactar informes, etc. Precisamente en esa época, el tiempo no era lo que le sobraba. Había aceptado el puesto de coordinador de un proyecto de investigación financiado por la Unión Europea en el que participaban cinco laboratorios de otros tantos países comunitarios para desarrollar una nueva aplicación técnica de determinados tipos de láseres. El entusiasmo que mostraban todos los directores de los laboratorios para participar en dichos proyectos y obtener las correspondientes subvenciones de la Comunidad caía en picado a la hora de decidir cuál de ellos iba a ser el coordinador del trabajo. Coordinar significaba encargarse de buena parte del trabajo administrativo, presentar los informes científicos y económicos a Bruselas y otras cosas como recordar a sus compañeros las fechas límite de los compromisos que habían adquirido. Todavía se estaba arrepintiendo del momento de debilidad en el que durante la cena en Munich un año antes, para celebrar la redacción del proyecto, había aceptado ser el coordinador. En principio se daba por sentado que el coordinador sería Neubauer, un bávaro eficiente y con prestigio internacional, pero el muy cabrón había alegado unos difusos problemas familiares y le convenció para aceptar el puesto mientras Luis luchaba con una jarra de cerveza tamaño Munich. En realidad reconocía que Neubauer era el único coordinador aceptable, aparte de él mismo, ya que el nivel de inglés de Konstantin, el griego, hacía sus informes difíciles de leer, Hans, el danés, estaba bastante verde y Giovanni de Milán tenía una cierta tendencia al caos. En cualquier caso, su trabajo de coordinador era sólo uno de los motivos por los que el escrito del rector de la Universidad Miguel de Cervantes no le hizo ninguna gracia. El otro motivo era el nombre del presidente del tribunal de la oposición: Rodríguez Cañamero. Pocas personas le caían tan mal a Salvatierra como ese colega, probablemente por la diferencia tan absoluta de caracteres que había entre ellos, además de algún encontronazo profesional que habían tenido algunos años antes. La simpatía de Cañamero le había hecho muy popular en sus años de comienzo en la universidad en los 70. De carácter abierto y con la correspondiente barba progre de la época, no dejaba de saludar alegremente o detenerse para hacer cualquier comentario más o menos trivial a todos y cada uno de los compañeros con los que se cruzara en los pasillos de la Facultad. Sus recogidas de firmas para pedir la democratización de la universidad y del país en general le dieron un cierto prestigio en el ambiente universitario y con frecuencia actuaba de portavoz de las reivindicaciones que surgían de vez en cuando. Su paso para ser aceptado de pleno derecho en los partidos democráticos clandestinos que se preparaban para el fin del franquismo le vino paradójicamente de la mano de una de las personas más apolíticas y más ajenas al mundo real de aquel momento que se pudiera encontrar en toda la universidad española: don Antonio Quiroga, catedrático de Astrofísica y Astronomía. Si había una figura próxima al tópico del profesor despistado o del sabio distraído, éste era don Antonio. De carácter amable y una corrección exquisita en su trato con todo el mundo, dedicaba todo el tiempo que hiciera falta a tratar cualquier tema con los escasos alumnos de su asignatura de especialidad. Por otra parte era una persona poco práctica y un desastre para ocuparse de las gestiones administrativas de su cátedra. En aquella época los decanos de las facultades eran designados por el Ministerio y tenían que dar la cara frente a las actitudes reivindicativas del profesorado y de los alumnos en favor de una universidad democrática o bien apoyarlas claramente, lo que podía dar lugar a sanciones. Como consecuencia de estos problemas no había un interés excesivo entre los catedráticos de algunas facultades en ocupar el cargo, por lo que el Ministerio optaba por designar al más antiguo, que tenía que aceptarlo obligatoriamente. Don Antonio Quiroga no se pudo escabullir y fue nombrado a sus sesenta y nueve años para el puesto de decano, un puesto que ni en sus años de máxima energía hubiera sido capaz de desempeñar. La mayoría del profesorado entendió su posición e intentó no crearle dificultades, pero Cañamero, por el contrario, decidió aprovechar la situación. Sus soflamas en las reuniones de la junta de Facultad en favor del cambio democrático eran apoyadas por los alumnos y parte de los profesores no numerarios, mientras don Antonio intentaba inútilmente, y con su corrección habitual, tratar los asuntos académicos del orden del día. Cuando Cañamero entre los aplausos de sus seguidores terminó un día su intervención señalando que lo que sobraban en la universidad eran decanos fascistas, don Antonio, falto de dialéctica, sólo pudo balbucear "Pero... señor Cañamero, modérese usted... ¿Por qué dice usted eso?". Aquel día, Salvatierra, que asistía a la Junta como alumno, tuvo perfectamente claro lo que ya intuía hacía tiempo: Juan Antonio Rodríguez Cañamero era un hijo de puta. Dejó a un lado de la mesa su indeseado nombramiento como miembro del Tribunal y siguió revisando las novedades de los últimos días. Conectó su ordenador y comprobó si tenía mensajes en su correo electrónico. El contenido de la mayoría de los mensajes que habían llegado esos días era más o menos rutinario y los fue borrando casi todos después de leerlos. Tenía un mensaje de Antonio, su doctorando, que estaba pasando tres meses en un instituto de investigación en Alemania, contándole sus progresos y problemas, y otro de un colega italiano invitándole a participar en la organización de un congreso. El siguiente en la lista procedía de una dirección de correo que no le sonaba: luna@xyz.net. El mensaje era corto y sin ningún significado para Luis. "Me alegro de que estés de vuelta. M." Terminó de leer el resto de los mensajes y se puso inmediatamente a redactar el informe sobre el congreso al que acababa de asistir y la justificación de los gastos que había efectuado, pasando luego a repasar el tema de la clase que tenía a última hora de la mañana. Cuando estaba a punto de salir de su despacho para ir al aula le llamó Natalia, su amiga, con la que llevaba varios meses saliendo. Estaba de viaje en Barcelona a donde había ido a realizar el estudio previo de las necesidades de una empresa de transportes que quería contratar la instalación de su sistema informático con la empresa en la que trabajaba Natalia. La tarde anterior, al llegar Luis a Madrid la había llamado por teléfono a Barcelona para decirle que ya estaba de vuelta sin novedad. Ahora ella le devolvía la llamada. �Hola, Luis. ¿Qué tal por la facultad? �Bien, parece que no hay nada de particular, ahora me voy a clase. ¿Sabes ya cuándo vuelves? �Creo que mañana, ya estamos entendiendo qué es lo que necesitan. El director, que es el dueño, es un tipo muy agradable y está decidido a invertir lo que haga falta para informatizar su empresa. El problema es que no se expresa muy bien y cuesta trabajo enterarse de los problemas. Menos mal que tiene una hija avispada con la que las cosas son más sencillas. �Claro, las mujeres siempre más listas. �Bueno, me voy a comer dentro de un rato con mis clientes y luego tengo que seguir trabajando. �Yo comeré luego, más modestamente que tú. De momento me voy zumbando a ver a mis clientes que me esperan en clase, ya casi es la una. �Tranquilo, no creo que les importe mucho si te retrasas y les ahorras unos minutillos de clase. �No creas. Hay de todo. Alguna hay que me echaría de menos si... �Vale, vale, no tengo tiempo para chorradas. Ya veo que está todo en orden. Ciao. �Hasta mañana. Natalia, que ahora tenía treinta y cinco años, siete menos que Luis, se había colocado en una empresa nada más terminar la carrera de Ingeniería Informática. Desde entonces había cambiado tres o cuatro veces de trabajo mejorando en cada cambio su nivel económico y, sobre todo, su categoría en cuanto a capacidad de decisión. En ese momento se ocupaba fundamentalmente de llevar adelante la informatización de empresas de tamaño medio y algunas veces tenía que desplazarse y estar varios días fuera de Madrid. No sólo tenía responsabilidades de tipo técnico, sino que su trabajo implicaba continuos contactos con los clientes, por lo que cuidaba su imagen, aunque sin exageración. Era una morena alta con el pelo corto, cara de lista y expresión abierta a la que más de una vez algún cliente le había echado los tejos. Natalia y Luis vivían cada uno en su apartamento aunque pasaban juntos alguna noche suelta, sobre todo los fines de semana, en el de ella, que era bastante más acogedor. Luis cogió su carpeta con los apuntes de clase y unas cuantas transparencias y atravesó el pequeño vestíbulo común a su despacho y al de la secretaria. Maite tenía como siempre la puerta abierta para atender al que necesitara algo de la Secretaría y al pasar le dijo sin detenerse: �Hasta luego, Maite, me voy a clase. �Hasta luego. ¿Se acuerda de la apertura? Salvatierra se detuvo en el quicio de la puerta, mirando hacia el despacho de la secretaria. �¿Qué apertura? �A las dos es la inauguración o la apertura, no sé cómo lo llaman exactamente, del nuevo Centro de Investigación de Excelencia de Madrid. La carta de invitación vino del rector. Me llamaron ayer del Rectorado para decirme que posiblemente asista el ministro, o algún otro alto cargo del Ministerio y de la Comunidad de Madrid. �¡Lo que faltaba! Voy retrasado con el programa y encima tengo que acabar hoy la clase antes de la hora. �¡Consuélese! Por lo menos me han dicho que van a servir un vino español por todo lo alto. �¡Qué bien! Gracias por el recordatorio. Hasta mañana entonces. Me iré directamente desde la clase al centro excelente. Se le había olvidado completamente la inauguración del Centro de Excelencia. Eso era probablemente una jugada del subconsciente, ya que el tal centro le parecía una manera apenas disimulada por la que algunos profesores con las conexiones oportunas pasaban a ser privilegiados crónicos y obtenían todo tipo de medios para su investigación. La clase se le pasó rápidamente y estaba claro que para los alumnos constituyó una sorpresa agradable terminar veinte minutos antes de la hora. Tenía relativamente pocos alumnos, unos treinta, ya que su clase era de una asignatura de especialidad en el último curso de la carrera, y más o menos los conocía a todos. A pesar de que con tan pocos alumnos no había problema en que preguntaran en clase cualquier duda que surgiera durante la explicación, casi siempre preferían esperar al final para acercarse y hacer alguna consulta. Hoy, aunque tenía prisa por ir a la inauguración, no faltaron dos alumnos que se acercaron a su mesa mientras recogía sus transparencias. Uno era Carlos Gutiérrez, un chico de aspecto serio que siempre tenía preguntas muy concretas, que evidentemente había pensado mucho, y que normalmente no necesitaba grandes explicaciones. Más bien parecía interesarle que le confirmaran la respuesta que él ya había pensado. Lo despachó en un momento antes de darse cuenta de que la otra persona al lado de la mesa era Cristina. Esta alumna era el extremo opuesto de Carlos. No se sabía muy bien qué era lo que quería preguntar, pero necesitaba un par de minutos para preguntarlo. Aparentemente no perdía la sonrisa nunca. A Salvatierra le caía bien y no le importaba tratar de descifrar las farragosas dudas que decía tener casi todos los días. Su cara era alargada y un poco angulosa; tenía cierto aspecto de gitana y mostraba siempre algún detalle original, para criterios universitarios, en el vestir, como un pañuelo al cuello, una boina ladeada o una falda larga. �Cristina, hoy tengo un poco de prisa. ¿Tienes alguna pregunta rápida? Si no, lo vemos luego. �Es sólo un momento. Cuando utiliza la ecuación de Maxwell no veo en qué parte tiene en cuenta que la onda electromagnética atraviesa dos medios distintos. �Claro que lo he tenido en cuenta. Por eso hemos utilizado dos valores del índice de refracción. �¡Claro! Es verdad. Lo que pasa es que se va copiando demasiado deprisa y en realidad uno se fija de verdad cuando lo pone en limpio. �Vale, muy bien. Hasta luego entonces. Luis hizo ademán de marcharse, pero Cristina le detuvo con voz rápida: �Y también está el problema del coeficiente de reflexión... �¿Qué problema del coeficiente de reflexión? �Es que no he visto que, cuando la onda penetra en el segundo medio, se tenga en cuenta que la densidad de energía disminuya al llegar al segundo medio por la reflexión. �Mira, perdona, pero, como te he dicho, hoy tengo bastante prisa. De hecho ya voy con retraso. Si quieres pásate por mi despacho y lo vemos más despacio. �Vale. Gracias. Lo pensaré un poco. A lo mejor se me ha escapado algo... �Muy bien. Adiós. Salió Luis con paso rápido del edificio y atravesó unos jardines dirigiéndose a la zona de los Colegios Mayores, en donde se había remodelado un edificio, invirtiendo dos veces el valor de un edificio nuevo, para albergar el nuevo Centro de Investigación. Llegó al centro a las dos y cuarto con la esperanza de que todo hubiera empezado con retraso. Un conserje le envió al piso superior y una salva de aplausos que oyó desde la escalera le confirmó que llegaba tarde al acto. |
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